Era para mí un vicio diabólico abrir en dos el imaginado fruto del tabú y succionarlo hasta empalagarme de su sabor dulce. Fruto pequeño, lampiño y nectáreo, siempre te pide lamerlo antes de comerlo. Y al acariciar la suavidad de su piel con la boca, se abre para que lo huelas: un olor sutil y penetrante en la inspiración…, un gusto lujurioso en la espiración…, un aroma inmaduro en la inspiración…, un regusto pecaminoso en la espiración: arrobo. Cuando te quieres dar cuenta, ya perteneces al tabú.