La entrevista que transcribo a continuación ha sido publicada en una revista literaria. Por un incumplimiento pactado que tuvo el entrevistador conmigo, y difundiendo datos personales que acordó en no divulgar, me veo obligado a no hacer referencia al medio informativo en cuestión. Tampoco reproduzco las preguntas que estuvieron fuera del interés estrictamente literario. En todo caso, la conversación está transcrita textualmente.

El señor Urdiales y yo quedamos en una terraza de la Plaza Mayor de Madrid para hablar de su libro. No sabía nada de él, ni siquiera cómo era. A través de un correo electrónico, y solicitando hacerle una entrevista, le dije cómo iría vestido para que me identificara. Reconozco que sólo esperé diez minutos más de la hora acordada…, pero se me hizo eterna. Sentí una especie de temor infundado y congoja por alguien que no conocía; si bien, después de leer su libro Reflejos de Nadie y ver su página web había algo que me hacía sentir inseguro y a la expectativa. Estaba sorbiendo mi cerveza cuando sentí unos dedos que golpeaban mi espalda… La espuma corrió por mi corbata oscura trazando caminos zigzagueantes que confluían, en la punta, en un goteo incesante. El camarero, pidiéndome disculpas y con la sonrisa contenida, me advirtió que mi cartera sobresalía excesivamente de mi bolsillo trasero, y que había muchos buscavidas en la plaza pendientes de cualquier descuido. Un minuto después tenía otra cerveza encima de la mesa por gentileza del local. Cuando levanté mi mirada para fijar mis ojos en los de don Felipe III (estatua ecuestre que preside el centro de la plaza), un hombre se interpuso entre el Rey y yo…: José Urdiales de Colinas, así se presentó, me tendió la mano y se sentó enfrente. Seguidamente, y para romper el hielo, le conté la anécdota de la cerveza. Entonces pude observarle confiadamente. La primera impresión que me produjo el señor Urdiales fue (…) El reportaje no incluye imágenes suyas por expreso deseo de mi entrevistado.

He leído su libro hasta tres veces antes de realizar esta entrevista. La primera lectura, y sinceramente, me pareció demasiado compleja, nada amena e insultantemente pretenciosa. Aunque había algo que… Lo volví a leer. Entonces pude comprender situaciones y argumentos que quizá, inconscientemente o por desidia, me negaba a asimilar. La tercera lectura me ha incitado a conocer quién es el autor de semejante libro; a pesar de que todavía hay fragmentos que se me “escapan”.
Mi libro está destinado solo a unas cuantas personas. El resto tiene una infinitud de libros en los que solazarse. No, no es comercial.
En ciertos foros literarios de internet ha creado usted una controversia con la publicación de su obra. ¿Le llegan a usted esas opiniones?
Sé que mi página web es visitada. Aunque tengo entendido que pocas personas pasan del primer tercio de Mi conciencia y yo. Es una lástima porque a partir de entonces empieza lo interesante para el gran público: el morbo.
Hay ciertas partes de su libro que me resultaron moralmente despreciables. No porque sea explícito en su lenguaje, que no lo es, más bien por lo que deja entrever; y hay pasajes donde se adivina un retorcimiento contumaz.
No creo que él, Jeremías, haya tenido el propósito de vivir unas experiencias para provocarle ni a usted ni a nadie. Por mi parte, como escritor, he de decirle que las obras de arte han de incentivar la curiosidad para concluir en una pregunta: ¿Por qué? El verdadero artista responde con su obra para sí mismo. Cuando lo hace para el público la respuesta se hace predecible.
Al terminar de leer su libro por tercera vez, me pareció haber visualizado dos filmes y la escena de una obra de teatro. Me explico: Mi conciencia y yo haría de película atemporal en blanco y negro o, más exactamente, en blanco y rosa de las reflexiones de un genio desalmado. El hombre de los pensamientos esféricos sería una road movie poética, cuyo personaje se descubre en la huída de su condición humana para reencontrarse en un "paraíso de encrucijadas" con la anagnórisis final. Y Palabra de Jeremías que es la parte, a mi entender, más controvertida y actual, representaría el encuentro del autor y de su personaje en un escenario, supuestamente, imaginario. (Haciendo la redacción de esta entrevista, me di cuenta de que podía haber señalado al señor Urdiales que hay, además, una especie de hidden track o pista oculta en la parte final de su libro: el Post scríptum. Y que sorprende por la inesperada mención de un suceso vivido por el señor que había tenido enfrente).
Ha hecho usted un comentario muy acertado de mi obra, permítame que me tome un sol y sombra a su salud.
El camarero regordete y de aspecto bonachón que me sirvió antes atiende su petición.  
Su obra no sitúa las acciones en el tiempo, excepto en Palabra de Jeremías y el Post scríptum, ni hace referencia al espacio geográfico donde ocurren los hechos. Ningún personaje que aparece en el libro tiene nombre ni tampoco habla, a excepción del protagonista: Jeremías. Éste se desdobla virtualmente en el espacio y en el tiempo para saberse. Con estas premisas, yo definiría Reflejos de Nadie como un libro autista y esquizoide.
Quizá porque todo esté y suceda en la cabeza de uno.
¿Es Jeremías el fantasma de José Urdiales?
No, el autor es el médium de Jeremías.
¿Es real todo lo que escribe?
Tan real como el personaje que usted tiene ahora enfrente.
Perdone... ¿Estoy ante un personaje?
Es el elemento paradójico de mi libro. El autor que firma la obra es solamente un personaje… Y usted ahora puede atestiguar de ello.
No quise reiterar con una nueva pregunta su afirmación absurda. Aunque después de haberle visto puedo certificar que tiene una verdadera apariencia irreal.
¿Las ideas que se exponen en el libro son originales de Jeremías o suyas?
En mis encuentros con él no solo hemos hablado de su vida, también de lo divino y de lo humano. Él es el diseñador de su arquitectura ideológica. Yo sólo he construido la edificación sintáctica con los materiales idóneos para su exposición.
Leyendo Reflejos de Nadie parece que Pink Floyd ambienta musicalmente la obra.
Todo el libro ha sido escrito escuchando las canciones de Pink Floyd, con Roger Waters como alma máter. Reflejos de Nadie es una versión de The Wall en la cabeza de un esquizofrénico. Si usted escucha este disco doble observará que el principio y el fin del disco es el mismo. En mi libro acaece igual. En ese misterioso encuentro de dos supuestos individuos en un lugar sin nombre, se inicia y se cierra la obra. Los opuestos identificados en una misma esencia: el Tao.
Incluso el término de las tres partes que consta la obra es el mismo... (Se hace un silencio reflexivo. Bebemos. Y nos quedamos contemplando una estatua viviente, totalmente teñida del color de la plata, que hace de gentleman bebido encima de un pedestal. Al paso de los viandantes hace caer su petaca metálica. Cuando alguien intenta devolvérsela, un nuevo objeto que sostiene se le cae y así sucesivamente. Una rueda de acontecimientos con un mismo punto de partida y término: esa petaca que siempre acaba en su mano) ¿Se ha interesado alguna editorial por su libro?
Creo que no se atreven a publicarlo... todavía.
En una frase de su libro, en Palabra de Jeremías, usted dice: Reconozco que, a veces, me sentí “mano del diablo” escribiendo Reflejos de Nadie. ¿Qué tiene que ver usted con el Diablo? De hecho, usted firma el prólogo el 6 de junio de 2006.
En esa fecha nació el espíritu de mi obra… O dicho más académicamente: el escrito que precede al cuerpo de la obra.
¿Por qué dice al principio de su página web que Jeremías ha sido requerido por la justicia a partir de una denuncia suya y pactada con él?
Jeremías tenía un cargo de conciencia por unos crímenes que cometió y que nunca fueron descubiertos. Con la publicación de mi libro saldría a la luz pública sus delitos… Pero necesitaba eximirse antes con la Justicia, y yo fui el intermediario de declarar una culpa extinta. Aunque como dijo en una frase celebre el poeta romano Juvenal: El castigo del culpable es no poder ser nunca absuelto por el tribunal de su propia conciencia.
¿Cómo definiría su estilo literario o con qué escuela se identifica?
El libro está narrado en primera y tercera persona. En tiempo presente y pretérito. Una voz en off, en fuente "Arial", reproduce la vivencia del supuesto autor en un presente desligado, aparentemente, del cuerpo de la obra. Solo hay un protagonista rodeado de personajes que son el mismo protagonista, excepto un individuo que aparece en El hombre de los pensamientos esféricos con el apodo de Satán y que existe realmente. Este individuo y la hija de Jeremías, que como el resto de los individuos mencionados en la obra no aparecen como personajes sino como recuerdos, son los únicos que se muestran caracterizados. Ni siquiera describo a Jeremías, sólo hago mención de su horrenda boca deformada. Reflejos de Nadie podría tratarse de una novela psicológica, pero también de un ensayo filosófico, incluso de un monólogo a dos bandas. Francamente, creo que me doy a conocer con una autoría original.
Su libro, sin ser del género de terror, a veces da miedo. Pero no por lo que dice, sino por cómo lo dice.
Si usted conociera personalmente a Jeremías… Bueno, aparte de que no se lo aconsejo, vería que mi libro está narrado de una manera lúdica, casi infantil, para no ofender el buen gusto de mis lectores detallando las fechorías y los pensamientos de un error de Dios… o de la naturaleza.
¿Lo que usted dice forma parte del marketing de su obra?
No. Forma parte de lo que sé de él. Y forma parte de lo que todavía no sé de él.
¡Me está dando miedo!
¡Brindemos por ese miedo! (alza su copa y la golpea con mi vaso que permanece empuñado en la mesa). El miedo nos predispone para ser cautos y estar en alerta.
Aparecen citas bíblicas a lo largo de su obra, sobre todo del libro de las Lamentaciones de Jeremías en la 2º parte. ¿Cómo se conjuga estas citas con el texto de Reflejos de Nadie que, por momentos, parece un libro satánico?
El diablo siempre intenta confundir… (Sonríe por primera vez).
¿Qué es ese “algo” que el protagonista de su obra guarda en un joyero de cristal e ingiere en distintos momentos sufriendo alucinaciones? ¿Quizá la Salvia divinorum que, en la segunda parte, da a los pollos para que se liberen matando?
Primero, ellos no se liberan matando, sino muriendo. Segundo, Jeremías no le hace falta consumir nada para sufrir alucinaciones, él sufre una disociación estructural de la personalidad. Y tercero, ese “algo” simboliza el fruto prohibido: la sabiduría, por el cual el hombre si lo comiere será como un dios. Hay un versículo del antiguo testamento que dice: El principio de la sabiduría es el temor de Dios (Salmos 111:10). Podría interpretarse, desde la ambivalencia, como que la sabiduría es la causa del temor de Dios. De la misma manera, mi libro se puede interpretar de muchas maneras; aunque la cierta, evidentemente, es la del autor.
En el prólogo dice que conoció a Jeremías en un internado, supongo que mental, haciendo un estudio de la catoptrofobia en esquizofrénicos. Me he informado de esta curiosa obsesión, también llamada eisoptrofobia, que consiste en el miedo de verse a sí mismo en el espejo. ¿A qué se debe este temor en Jeremías?
Usted sabrá que su madre intentó eliminarle de la manera más brutal al poco de nacer. Como no pudo lograrlo, Jeremías, desde entonces, quedó divido en dos: el muerto y el superviviente, el ángel caído y el niño inocente. Su esquizofrenia derivó en catoptrófoba cuando el Yo negado, víctima del intento de infanticidio, lo representó en su imagen.
¿Está escribiendo algún nuevo libro?
Llevo años estudiando el universo geométrico de la mente humana. Todo empezó cuando Jeremías me habló de su manera pentagonal de representarse. Actualmente, yo he ido un poco más allá. Ahora analizo la psique y el conocimiento del hombre desde las tres dimensiones del dodecaedro y su proyección en la esfera de los doce dodecaedros, más un decimotercero que conforma el núcleo. El dodecaedro es un sólido perfecto, también llamado sólido platónico. Platón dijo que Dios se sirvió del dodecaedro pentagonal para trazar los límites del universo. Hoy en día hay científicos que corroboran esta opinión. Yo creo que la mente en el hombre también se traza desde esa maravillosa y única disposición de caras.
Por último, señor Urdiales de Colinas. ¿Quién es Jeremías?
Un reflejo de nadie.
¿Y quién es nadie?

El señor Urdiales no contesta. Me hace un guiño. Se levanta de su asiento y, sin despedirse, desaparece. Al menos, ha pagado la consumición. Resoplo en mi distensión. Nos volvemos a mirar don Felipe III y yo. He cumplido con mi trabajo. La siguiente cerveza me la beberé en memoria del Monarca… Al menos, él sí fue alguien.

J.D.R

 

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